Durante las primeras entrevistas que ya he tenido con relación a Historias Verdes, el libro que he escrito sobre legalización de la mariguana lúdica o recreativa, una actitud ha sido unitaria: invariablemente, todas las conversaciones han iniciado con mi entrevistador soltando algún chascarrillo sobre la mariguana. Digamos que un chistecilllo ligero que busca (así lo percibo yo) distender un poco el ambiente para poder entrarle de lleno al tema. Así, por decirlo de alguna manera, de diez entrevistas concedidas hasta el momento, diez han bromeado con relación a la planta antes de iniciar propiamente la conversación.
Según los datos dados a conocer hace tan sólo un par de meses por la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco llevada a cabo por la Secretaría de Salud, el Instituto Nacional de Salud Pública y la Comisión Nacional contra las Adicciones -entre otros- en este país, el 60 % de quienes no consumen drogas no miran o perciben a la mariguana como especialmente peligrosa.
El Informe Anual de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de la ONU, dado a conocer recién este jueves 1 de marzo en Ciudad de México, señala que (cito la nota publicada por el diario argentino El Clarín): “la mayor disponibilidad de cannabis, sumado a las políticas y las iniciativas legislativas de reglamentación del uso del cannabis con fines médicos en algunos Estados y con fines no médicos en otros, han reducido la percepción del riesgo asociado al consumo de cannabis”. Hoy sabemos que la planta no es inocua, y que su consumo representa un riesgo real entre consumidores menores de edad, sin embargo, el mismo estudio señala que “el cannabis siguió siendo la droga ilícita más ampliamente disponible y de consumo más generalizado en la región”.
En el panorama de la percepción real de peligrosidad asociada a las sustancias ilegales ¿cuándo un adulto mexicano, en pleno ejercicio de sus libertades y derechos, podrá encenderse un churro de mota en paz?
